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domingo, 7 de junio de 2015

Ni un libro



Hace poco fuimos con los niños al Parque Warner de Madrid. Nunca me ha atraído este tipo de parque de atracciones, pero lo cierto es que pasamos un buen día. Los niños en la montaña rusa y yo en tierra con los ojos cerrados, claro está.

Las atracciones están agrupadas por temas, coincidentes con grandes sagas, grandes personajes o grandes películas de la warner. Por ejemplo, la iconografía de Batman o de Superman... En cada bloque, por supuesto, varias tiendas ofrecen casi todo tipo de productos. El consabido merchandising. Y fue allí, mirando distraidamente las tazas con el logo de Superman o las caretas de Batman, cuando nos dimos cuenta de algo sorprendente: en ninguna de las tropecientas tiendas que habíamos recorrido había ni un sólo libro, ni un sólo DVD que nos permitiera ver una película Warner en casa. Llamadme cultureta si queréis pero ¿bajarse de una montaña rusa en la que te hacen creer que eres el mismísimo Robin y no encontrar ni un triste comic en la tienda? Pues no. Ni cine, ni comic, ni libros. Ni siquiera el que ellos mismos publicitaban hace poco. Como si cualquier veleidad cultural pudiera dar al traste con los fines económicos de un parque "de película". Qué pena.


viernes, 21 de junio de 2013

¡La economía, estúpido! (V-VII).

Imagen: La zona mileurista

[Viene de una entrada anterior]

V

Sin rostro humano, el liberalismo es salvaje. No hay lugar para subvenciones, para ayudas públicas, para estímulos económicos. Anatema contra el proteccionismo. Producimos en Bangladesh para vender en Londres, en Boston, en Madrid, en Lisboa, en Pozoblanco. Adaptarse o morir.

El mercado manda. Debemos decir adios, por ejemplo, a la regulación de los mercados agrarios europeos a través de los precios de intervención. Matándolos o dejándolos morir, da igual. Era un mecanismo que funcionaba como un reloj pero que debemos eliminar por rancio, por añejo, por antiliberal. Y porque así, quizá los grandes capitales se hagan cada día más grandes especulando con las producciones agrarias de la próxima década, con el hambre del futuro.

Otra vez nos la colaron.

VI

Con lo rápido que cantaron la muerte de la utopía comunista, hay que ver lo que estamos tardando en expresar lo evidente: la crisis ha demostrado que el neoliberalismo nunca funcionó como sistema global. Que no es que haya muerto: es que siempre fue un zombi.

Y aún así, aquí seguimos. Defendiendo malamente el precio de la leche, del aceite o del jamón ante el dominio absoluto de quienes mandan en el mercado, las grandes cadenas distribuidoras. Porque el liberalismo nos enseñó que los poderes públicos deben dejar que los mercados se autorregulen.

Sin embargo, cuando el recalentamiento de los mercados hace estallar el sistema, papá Estado debe acudir para salvarlo. Por el bien de todos, eso sí. Y entre todos estamos pagando la mala gestión de unas entidades privadas que no estaban muy lejos de donde se originó la crisis, los bancos. Y estamos quitando presupuesto a la sanidad o a la educación pública para favorecer negocios privados con servicios básicos. Y rebajamos impuestos a esos grandes mecanismos "generadores de riqueza" que fabrican ropa de mala calidad en los suburbios de Bangladesh. Y para ello, tenemos que soportar que nosotros paguemos cada día más, por ejemplo a través del IVA con el que cargan esos productos de mierda fabricados por esclavos para ofrecer grandes beneficios a una pandilla de sinvergüenzas. Perdón, esos bienes y servicios que nos proporcionan emprendedores neoliberales líderes en la internacionalización de nuestra economía quería decir, por supuesto.

Nos la están colando por encima de nuestras posibilidades.

VII

Mientras nosotros mismos sigamos tragándonos que murió la utopía revolucionaria y aceptando un falso liberalismo sin rostro humano, me temo que las cosas cambiarán muy poco. Mientras aceptamos que el mercado sea el único regulador para lo que les interesa a algunos, pero contribuyamos al sostenimiento de la base más especulativa del sistema (¡que ayudamos a los bancos! ¡que les estamos dando nuestro dinero! ¡No a ningún generador de riqueza, sino directamente a los especuladores! ¡Mientras no tenemos para mantener las pensiones, la sanidad o la educación pública, nos dicen!), mal nos irá.

Porque no conviene olvidar que la economía sirve para decidir quién come y quién no come. Y que las personas inteligentes no son esos -pongamos por caso, historiadores- que llenan sus escritos de palabros incomprensibles para la mayoría, de rebuscadas citas de autoridad con las que pretenden demostrar su supuesta superioridad intelectual, deslumbrar a los no iniciados, darse pisto en definitiva. Mi experiencia, al menos, me lleva a confiar más en quien más fácil y directamente me cuenta sus ideas. Y a desconfiar absolutamente de quienes, esgrimiendo la lógica ultraliberal, niegan la regulación de los mercados agrarios mientras callan o admiten como necesarios los rescates a la banca pagados con el dinero de todos; levantan la voz contra el pago de impuestos mientras reclaman que el dinero público no sólo pague servicios públicos, sino también otros privatizados; nos desconciertan vociferando contra el intervencionismo estatal en la economía mientras reclaman la financiación pública de aquello que directamente les interesa. En eso ha quedado la coherencia de la mayoría de los gurús del neoliberalismo.


Quizá alguna vez nos tocará preguntarnos: ¿quiénes son los que deciden quién come y quién no? Más que nada, por si en lugar de mantenerlos y dejarnos engañar se nos ocurriera pedirles algún tipo de responsabilidad. O, al menos, exigirles un mínimo de coherencia.

jueves, 20 de junio de 2013

¡La economía, estúpido! (I-IV)



I

Hace no mucho tiempo, con motivo de la difusión de una actividad cultural se nos ocurrió preguntar a los niños, con una cámara delante, cómo definirían diferentes conceptos bastante comunes hoy en día. Buscábamos la inmediatez, la sinceridad... Y la encontramos. Vaya si la encontramos.

Se planteó a un niño de 5º de Primaria una pregunta sencilla: "¿Para qué sirve la economía?" Tras dudarlo unos instantes que se hicieron demasiado largos para quienes estaban más acostumbrados al ritmo audiovisual, contestó tajante: "La economía sirve para decidir quién come y quién no come".

II

"La experiencia es la madre de la ciencia", "más sabe el diablo por viejo..." Lo cierto es que conforme uno va creciendo conoce a gente de todo tipo y condición: altos y bajos, guapos y feos, tontos e inteligentes. Y si algo me sorprende cada día más de la gente inteligente es la facilidad con la que expresan de manera simple ideas que el común de los mortales catalogamos como complejas. Conozco a historiadores que esconden su incompetencia, su estupidez, tras la incomprensible palabrería de un discurso seudocientífico. Y conozco a empresarios y gentes de la economía real que explican con sencillez, con rotundidad, los mecanismos que mueven nuestro mundo. Hasta el punto de que he llegado a cuestionarme si la clave de su éxito no estará precisamente en ver con claridad lo que otros complicamos de manera innecesaria. Para mí, la respuesta del niño fue cruda, directa y muy inteligente.

III

Tras la II Guerra Mundial, Europa se encontró de nuevo dividida en dos bloques. Capitalismo y comunismo, libertad individual frente a socialización. Dos bloques separados por muros físicos e ideológicos. Sin embargo, visto con la perspectiva histórica necesaria, podemos comprender que las barreras ideológicas no eran sino membranas. A nuestro mundo, el occidental, el de la libertad individual, el bueno, llegaban tamizadas algunas ideas procedentes del otro, del lado oscuro. No nos separaba un muro, sino una membrana parcialmente permeable.

La recuperación de la Europa Occidental (salvo la reserva espiritual española, por supuesto) durante la postguerra estuvo marcada por dos bases esenciales: en política, el sistema de democracia parlamentaria heredero de las antiguas revoluciones burguesas; en economía, un capitalismo liberal pero "con rostro humano". Porque del otro lado, a través de esa membrana de separación, llegaban a los obreros occidentales ecos de la utopía de un sistema social, justo e igualitario. Porque el poder necesitaba establecer un sistema de protección social avanzado que alejara el peligro de sueños obreros revolucionarios.

IV

La caída de la URSS y el fin de la economía comunista marcó un cambio esencial. Los anticomunistas de toda la vida se apresuraron a anunciar la muerte de la planificación económica. Por fin: ¡Viva el liberalismo!

Ya no hay necesidad de poner rostro humano al liberalismo salvaje, porque la revolución ha muerto. Se impone la libre circulación de trabajadores y de capitales. No de ideas, ni de cultura, ni de derechos, ni de justicia. No. De bienes y servicios, de trabajadores y de capitales. La empresa debe ganar dimensión, internacionalizarse, ganar competitividad. Podemos deslocalizar, fabricar en Bangladesh con mano de obra esclava que trabaja en condiciones inhumanas (que no lo digo yo, que lo dice hasta el Papa). Esclavos que pasan hambre, que pueden morir por cientos, por miles en un derrumbe. Para que nosotros podamos vender la ropa en las grandes cadenas occidentales. Todo sea por la productividad, por la competitividad, por el liberalismo. Capitales sin fronteras.

[Continúa]